Fue la rata del Pinguino, alcanzó a decir el hombre de saco ni bien llegó el turno de los comerciales. A esa altura de la tarde, recortada por la claridad de un sol intenso, ni el más eufórico enemigo de los Kirchner alentaba la idea del balotage. Cristina, montonera y ex militante de la Jotapé, se constituía en la primera mujer elegida por el sufragio popular.
Prematuramente, la noticia estaba escrita. Tristemente escrita. Aunque las tendencias suelen ser engañosas, como apuntó el columnista de economía ubicado a la derecha del conductor. Tuvo que tragar saliva el hombre de saco. Se limpió la frente empapada mientras comenzó a relojear los primeros cómputos en Córdoba, Capital Federal y San Luis. Atrás quedaban la sospechas de fraude fogoneada por él y sus compañeros desde las primeras horas del domingo.
Cruzando la General Paz, en cambio, tronó pirotecnia en la casa de Raviol, hombre canoso de 62 años, manos atizadas por la amargura y secuelas de un pasado deshonroso. Hace tiempo que una elección no lo conmovía, treinta, treinta y cuatro, cincuenta años quizás. Desde entonces todo fue lo mismo o casi. Hace poco pudo terminar su rancho luego de esperar una vida, esa vida que lo abandonó temprano cuando proyectaba algo más que una casa propia.
Padre de 6 hijos, mécanico de aviones, Raviol hizo la previa del resultado entre mates, cigarrillos y el afecto de los suyos. Alternando los principales canales, gritó su bronca ante las denuncias opositoras y la demora del resultado. "Están preparando el golpe, como en Venezuela", exageró. Cerca de las 7, la ansiedad se tornó insoportable. El cenicero testimoniaba casi dos atados de Parisiens consumidos con voracidad. Quedó solo, él y su televisor recién comprado. Hubo tiempo para resfregarse las manos, prender otro pucho y llamar a los hijos. Sin embargo, algo ocurrió en su interior ni bien la cuenta regresiva del televisor preanunciaba la inminente tendencia. Parecía perdido en el instante más esperado.
Una fuerte imagen del pasado lo depositó en el comentarista. Recordó un análisis de ese hombre trajeado, de mirada fija y actitud solemne en el año 2003 -"el ganador de esta elección, que en realidad perdió, no tendrá la legitimidad del voto popular porque ya podemos adelantar que no habrá balotage(...) será una especie de "chirolita" de Eduardo Duhalde". Entonces meditó sobre el último mensaje del conductor antes de que su mirada se extraviara y su imaginación se disparase. "Un eventual triunfo de Cristina, reforzaría el hegemonismo de Kirchner. Y ya sabemos cómo se maneja el presidente en un escenario sin oposición".
El pensamiento de Raviol se desplazó a cuestiones más profundas: reflexionó sobre el poder de los discursos, el paso de los años, la supuesta apatía de la gente en esta elección, la veloz mutación de un chirolita devenido en tirano. Solo la fiereza del grito de Moco, su hijo mayor, lo hizo volver a la televisor, el pucho y la atmósfera tensa. "¡Ganamos!". Raviol quedó en silencio, no tanto por la sorpresa de la única noticia que podía alegrarle ese domingo de octubre, sino por el autor de ese grito contenido. Fue Moco quien vio el derrumbe de su padre cuando asomaba a los 20 y las filas de la desocupación le partían el alma a los dos. Tal vez más al padre, de ahí su perplejidad. Muchos amigos de Moco se perdieron en el infierno de la pasta base y el paco, otros inviertieron su tiempo libre en el robo y el menudeo. Otros, directamente, no resistieron vivir así.
Campeaba el silencio después de la victoria de Cristina. Duró poco. En otro paisaje, tibiamente reconvertido en los últimos años, ahora reinaban pequeñas esperanzas, cantos de los pibes de la esquina, olor a petardos, carnes y vinos para degustar. "Es la gloriosa Jotapé", tal era el grito que devolvía la pantalla. El comentarista también sufría vómitos. "Serán los Jóvenes Pordioseros, qué tiene que ver", se interrogaba Moco al tiempo que saludaba los trapos argentinos con la imagen del Che. Parecía feliz. En el fondo, entre trastos viejos y herramientas oxidadas, Raviol buscaba una bandera perdida, un estímulo olvidado o, quizás, una excusa para explicarle cosas a su hijo. Para proyectar de nuevo: algo más que una casa.
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Raviol
Yesi
Cómo contener la ansiedad, pregunta el cronista. Yesica volvió y el observador no encuentra respuesta para contener los mundos de Yesica: vida dura en la periferia, seducción profunda, amores postergados. No en vano el hombre la ama y alienta sueños.
La conoció en medio de derroteros tangibles. El dolor de no saberse ella, frágil, tierna para quienes atestigumos de la dureza del entorno, la insensibilidad en la piel, los recurrentes amagues para decir que ama como aman los otros .
¿Podrá querer? El observador es escéptico y busca en medio del vacío. Le alcanza con la dulzura de su retorno cuando el reloj avanza de modo inusitado. Y cuando ella da señales. Y promete. Yesica es, quizás, una excusa para contrarrestar los miedos de la noche, la soledad golpeando la cama, los genuinos deseos de salvarla. De salvarme. La apuesta, finalmente, de una vida mejor.
Orgullo
Adriana y Lorena llegaron exultantes. No era para menos, habían presentado su primer video, "Hablando Bajo", ante un auditorio numeroso y entusiasta ubicado en una zona paqueta de la Capital Federal. El documental, íntegramente realizado por ellas, focaliza en el barrio que las vio crecer y las marcó para siempre: pasillos donde anidan montones de tristezas y montones de miedos. Enfermedades, violencia familiar, desocupación, drogas, menudeo, tráfico de armas y otros males que la tevé "ayudó" a difundir.
Un barrio desalmado, por momentos, aunque lleno de gestos bañados de dignidad cuando el recorrido por esas manzanas en ruinas encuentra historias como las de Taty, el Padre Adolfo,la perseverante Magtara Ferrés, el amor intenso de Patricia o la sonrisa tambaleante de Cinthia, madre adolescente que salió al mundo con 14 años.
Un prueba elocuente, a fin de cuentas, de que el bajo flores es también una zona donde hombres y mujeres trabajadores, orgullosamente villeros, ponen el cuerpo para proyectarse y darle algún sentido a sus vidas en un mundo que parece haber perdido todo sentido.
Muchos se resisten a creer esta última afirmación y eso registra el video. El paisaje, por caso, contempla otros protagonistas ni bien asoman los referentes de las organizaciones sociales, muchos de ellos ajenos a la vida cotidiana en el territorio, pero piedra angular para contener y derrotar los miedos de Lorena y Adriana como los de tantos otros pibes y pibas de la periferia. Se trata de una tarea silenciosa y escasamente reconocida.
Por eso no faltaron los agradecimientos y las dedicatorias de las jóvenes directoras. Porque se valora ese trabajo sinuoso y complejo de todos los días, con discusiones internas -moneda corriente cuando las decisiones se toman colectivamente y las miserias se internalizan en nosotros- pero gratamente reconfortante a la hora de evaluar resultados.
Con desbordante entusiasmo, entonces, las directoras de cine surgidas en el bajo flores y un puñado de tosudos educadores populares, intentarán redoblar la apuesta con una serie de proyecciones itinerantes por éste y otros barrios del sur de la Capital. Sería un auténtico pecado no transmitir esta experiencia de aprendizaje y conocimiento. En definitiva, si algo indican estos esfuerzos colectivos que no salen en la tele es que, afortunadamente, se le está ganando con holgura a la resignación de una década atrás.










