Un llamado para aventar el tedio, las sinrazones de la nada, o la nada, nadie, eso que asusta y alimenta delirios, como relatos sembrados de incomprensiones.
Basta que aparezca, siempre, para justificar la avalancha de palabras sin vuelo, la desaprhensión del mundo,las caminatas a la intemperie o el primer olor de la calle; el olor que se impregna al cuerpo como la bronca o la rabia, como la imposibilidad de que esos cuerpos sean los mismos
Es la pasión la que regresa y ahí sí que agradezco: convidarme sino la nada, al menos la ilusión de que alguna vez fuimos
pese a las mañanas del tránsito desdibujado, la virginidad golpeando la puerta o
el botellón de vino apagando el encierro
mientras existo,
y mientras lo que se observa más allá sean nuevos abismos:
cerciorarme, por ejemplo, que no habrá horizonte
por más ilusiones atrapadas,
por esa delgada línea que separa la amargura de la dicha,
por vivir y no morir en el tedio.
Mientras, existo
Escena repetida, entonces: una farmacia de nombre Italia, su hija pequeña llamada Tania, la sucesión de apodos, lugares y momentos que no me pertenecen. Como tampoco me perteneció su estrecho mundo.
Al cabo, lo que escuché durante años y extrañaba tanto como extrañé su ausencia y los Parisiens negros y el olor de la calle y sus modos tan suyos:
esa sensación única del contagio
esa bendición reparadora del deseo
o el temblor nocturno, quizás, de saber que los cuerpos son otros, como la voz que se apagó pronto.
Pero está viva y acechando como el insomnio, ya en la víspera de otro retorno
Lejos y cerca de la nada.
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La pasión
Sandra Russo
Por Sandra Russo. Nada del otro mundo, pero emociona.
El suavizante de Marcela
Marcela vive en Bernal y tiene un lavadero de ropa. Su marido tiene un estudio de grabación por donde circulan bandas barriales de varios géneros. Tienen dos hijas, aman a los gatos y conocen a sus vecinos. Marcela está por publicar su primer libro de relatos, que se llamará “En mi lavadero, las manchas de birome no salen”.
Marcela tiene 49 años y adora la bambula. La conocí cuando éramos chicas por un amigo en común, pero reapareció muchos años más tarde en mi taller de escritura. Y empezó a escribir sobre su mundo. El mundo del lavadero. En un taller de escritura breve, al que se acerca gente que no sabe todavía qué tan intenso puede ser un romance con las palabras, se pretende que empiecen a escribir sobre lo que conocen. Ese fue el consejo que le dio su padre, borracho e ignorante, a Raymond Carver, cuando el muchacho le confesó que deseaba escribir: “Escribe sobre lo que sabes”. Carver lo hizo y fue Carver.
Muchos lo han dicho: cada escritor nos da noticias de su mundo. Hay tantos mundos como personas que los perciban y los nombren, pero sólo algunas de ellas, los escritores, por ejemplo, pueden comunicarnos a los demás en qué mundo viven. Cómo actúa en ellos la gente. Qué olores salen de las panaderías o de los tachos de basura. Qué músculos de la cara se mueven cuando alguien está profundamente conmovido. Qué razones son razonables, en esos mundos, para tener hijos, para decir adiós, para animarse o para morir. Y la empatía con un autor, ese enamoramiento súbito y perdurable, surge cuando el mundo del que el nos habla resuena en nosotros: dejamos de estar solos.
Marcela descubrió sola el mundo del lavadero. Hace mucho esfuerzo físico en el trabajo diario y su mirada está casi siempre forzada por el apuro o el cansancio. Pero aprendió a decodificar detalles insospechados en las manchas de la ropa que lava. Las manchas que deja la felicidad, las que deja la soledad, las que deja la pobreza. Esas especificidades que reclama la literatura fueron apareciendo lentamente: no prestamos mucha atención a demasiadas cosas. ¿Quién podría describir la forma de sentarse de alguien que lo distrajo en el bar? Un escritor. Pero no porque escriba: es porque antes que nada, mira.
Marcela quiere dar por cerrada su etapa del lavadero, como si el libro fuera un broche de oro que corona una etapa exitosa de su vida, porque como ella dice, ese trabajo le dio una vida digna, y Marcela es una de esas personas que cuando dicen “vida digna” no dicen una frase hecha: nunca será ir de shopping, pero sí de sobremesa con buen vino.
Como Marcela adora la bambula, los inciensos y todo lo que viene de la India, cambiará de ramo. Y ése también es su mundo. De hippie resistente y obstinada que a la posmodernidad le dijo no. De mina completa que comparte su vida con el pelilargo que se fue a atender al consultorio en el que ella trabajaba de secretaria hace unos treinta años. Dios mío, y la hizo feliz.
Marcela crió a sus hijas con ejemplos concretos. Durante años se ocupó de la viejita de al lado, que no tenía familia. En uno de sus textos, contó su vacilación cuando llevó a una de sus hijas a un cumpleaños en Fuerte Apache. Y también su sensación de victoria personal cuando la fue a buscar, y su niña estaba contenta, y la amiga de la niña también, porque muchas compañeritas de otros barrios no llegaban hasta allí.
Esas son las luchas de Marcela. Así son las microrrevoluciones que ha protagonizado: ponerle más suavizante a la ropa de los más pobres. Ese gesto. Ese gesto lo resume todo, y así es ella. Una heroína de Bernal que cuando lea la palabra heroína pensará: “salí”.
Y escribo esto porque yo vivo con mucho Palermo Soho encima, y porque a veces soy cínica. Y Marcela representa, con su lavadero de Bernal, sus personajes barriales, sus salidas al karaoke de Avenida Calchaquí, y sus buenas dosis de suavizante para la ropa de los más pobres, la gente que vale la pena. La que de verdad vale la pena. La gente imprescindible.
Juveniles en crisis, o más de Julio Grondona
El irregular desempeño de la Selección Sub-20 en el Sudamericano de Paraguay -seriamente comprometida para defender el oro olímpico conseguido en Atenas de la mano de Marcelo Bielsa-arroja dos lecturas. La primera, imprescindible, es la confusa relación clubes-Selección. Este equipo, por caso, no tiene a jugadores que podrían marcar la diferencia ya que muchos de ellos fueron negados por algunas instituciones (Mauro Zárate, gran figura del Apertura 06, emerge como ejemplo sintomático). ¿Casualidad?, ¿Mala fe?. No parece.
Existe un segundo factor, posiblemente más atendible, que parece explicar las pobres actuaciones de Argentina en Paraguay y que conducen, ineludiblemente, al entrenador. Más allá de algún que otro lauro -siempre engañosos a la hora de analizar rendimientos (recuérdese sino el breve paso de Franciso Ferraro, campeón mundial de la categoría en el 2005)- no es novedad la falta de audacia de Hugo Tocalli. Alguien podrá cuestionar la ausencia de players que juegan en la alta competencia (los futboleros caemos en estas actitudes tan absurdas como reprobables), pero lo que no sé admite ni se comprende es qué fabulosa teoría impide juntar a los mejores que se logró reunir a regañadientes para este calificado torneo: Sosa, Mouche, Banega, De María y Morales, por caso. Salvo excepciones, primó la especulación. Claro que eso es responsabilidad de quienes designan a este tipo de entrenadores con mentalidad mezquina (entrenador que además, como señaló Jorge Mario Trasmonte en el matutino Olé, pidió disculpas por hacer muchos goles).
Una vez más, habrá que mirar más arriba para entender este espantoso presente, no solo por la ausencia de fútbol sino por la hipocresía que lo sostiene. Hubiese sido gratiticante, por ejemplo, que Tocalli pidiera perdón al público por sus esquemas aberrantes o sus excusas de principiante. Como agravante, en la previa al sudamericano, inculpó a quienes no les tiembla el pulso para enfrentar al poder de JG.
En definitiva, y casi como una bocanada reparadora, hay algunas frases de protagonistas que parecen echar frescura sobre la nefasta gestión del hombre que acuñó el "todopasismo" en el fútbol. Repasemos, sino, las declaraciones de Raúl Gámez: "No veo motivos para ceder a jugadores a una selección que prioriza negocios sobre lo deportivo", en clara alusión al vínculo que rubricó la AFA, recientemente, con la sospechada empresa Renova. Más que falta de patriotismo, la frase es toda una declaración de principios.
Una verdad desnuda
Por Ariel Scher
Como no tienen ni una sola ropa puesta en ningún lugar del cuerpo, cualquiera diría que ellas, que son mujeres, que son mujeres en plenitudes, que son mujeres futbolistas, están desnudas. Y ellas dirían eso mismo, que sí, que es así, que resulta evidente que están desnudas, pero que lo que de verdad les falta no es una remera, un pantalón o una bufanda. Lo que les falta, vaya paradoja, es que el mundo las mire.
Hartas de ser omitidas por los medios de comunicación, las jugadoras del club de fútbol de salón Navalcarnero, líder del torneo de España, decidieron llamar la atención de la sociedad y, sobre todo, de la prensa posando desnudas en una foto que publicó a doble página la revista Interviú. En la imagen, una leyenda se mezcla entre los contornos de las deportistas. Dice tanto como la propia foto. Dice: "No nos dan bola".
"No somos modelos y es una pena que tengamos que llegar a ésto para darnos a conocer", afirmó Eva Menguán, capitana del equipo, con una certeza en cada palabra. Retrató un rasgo demoledor de este tiempo: lo que no es resonante, no aparece.
Sin embargo, la foto de la indumentaria ausente abre otro debate. El deporte, precisamente, es el mayor fenómeno de apariencias resonantes del tiempo en el que para aparecer es obligatorio resonar. O de otra manera: el deporte es el espectáculo central de una vida que los medios suelen presentar como un enorme espectáculo. ¿Por qué, entonces, la porción de deporte que expresan las chicas de Navalcarnero, que juegan bien, no consigue hacerse un lugar dentro de ese espectáculo?
Las respuestas son mucho más complejas que la desnudez de un grupo de futbolistas. Pero, en principio, parece evidente que la industria de la comunicación aplicada al deporte construye su propio proceso de selección: sólo hace negocios con aquello que es masivo (y, en consecuencia, potencia esa masividad) o con lo que no es masivo pero in quieta a públicos de alto poder económico. Otro rasgo tan duro como conocido de este tiempo: dentro y fuera del deporte, estar lejos de lo que le importa al mercado es estar cerca de ser ignorado.
Acaso las futbolistas de Navalcarnero hayan elegido un buen método: su desnudo desnuda una época. Ojalá que algún día las abrigue una realidad sin indiferencias.
Tabaré Cardozo
Una letra de Tabaré Cardozo, excepcional murguista del Uruguay
LA COMEDIA DEL HOMBRE
Luz crepuscular, rojo vitral sobre el mundo.
Otra noche azul abre su manto de añil.
Se vuelven a encender las lucecitas de la bacanal.
Y los bufones serán reyes de cartón en la comedia del hombre:
huestes en la grey de un dios pagano y brutal.
Descuelgan su disfraz los trovadores con cara de cal;
oro y diamantes tendrán, sólo por un carnaval
Poema de Gelman
GORRI
Por Juan Gelman
El fuego de tu mano
queda en el mundo, quema
suciedades terrestres,
llena la copa del buen ojo,
el que mira oleajes
de amor y de dolor, ese fuego
funda ciudades, soles
que no se ven, para a
los mazos que golpean
en pabellones del espanto, piedra es
contra la perra de la injuria,
las mañanas sin leche, las
llagas del corazón,
el fuego de tu mano arde
dentrísimo de vos, desde vos,
empeñado en alzar
lo que es y lo que no fue,
mares/mareas/vida/siempre/
(Poema escrito el 18 de enero de 2007 por la muerte del pintor Carlos Gorriarena. Fue leído ayer por Cristina Banegas en el entierro del artista.)
Solos
Sábado y la tarde ofrece poco:
algún grito de ayer, el suelo empapado
una gota de rocío o la inmensidad desesperada
o la pasión adolescente, o la pasión a secas
Reviso lo viejo entre un presente auspicioso
y espero resignado en medio de la ansiedad imposible,
esa incertidumbre de navegar por territorios desconocidos
esa ambición desmedida del deseo
ese control exagerado del yo
o de lo que soy,
lejos de ella, lejos de mí
Días en lo que viejo vuelve aunque con otro aroma
y la noticia queda sola
despojada, acaso, del dolor irremisible
de lo mucho que te extraño, Pupita
de la incomidad de la distancia
o el dolor de una madre
de los sojuzgamientos de la familia
o del buen vino que, a veces, contiene la ausencia
lejos de ella,
lejos de mí










