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Archivos de: Noviembre 2006

Caminando

por Provitilo @ 2006-11-11 - 19:34:45

Cómo resumir una experiencia en el barrio, el otro, aquél que comienza después de la tapia naranja y la ruina, el de los escombros que intenta renacer entre olores picantes, el oculto, el miserable, posiblemente invisible para los visitantes de turno.
Un festival de políticas públicas para jóvenes, organizados por quienes intentan seguir caminando, fue la excusa para reunir a un nutrido grupo de vecinos. Esos que contemplaron un tiroteo incomprensible -desde la óptica de este lado de la tapia- hace exactamente 1 año y viven al filo de la legalidad y el peligro, acostumbrados a ese martirio diario que los agobia y, por momentos, los contagia.
En el festival, promediando la tarde soleada, el hombre de mirada amarga contemplaba revistas que hablaban de proyectos para jóvenes, costumbres barriales y augurios de un tiempo venturoso: el que provenía de una felicidad posible por el significativo éxito de la jornada. Pero también, el de su contracara más cruel cuando forzamos el ojo: el sinsentido que les esperará a esos chicos y chicas que hoy ríen, juegan, naturalizan y consumen distractivos, porque de otro modo la vida sería insoportable, como ya lo es, como presumen que será.

La noche llegó rápido y el festival dio lugar al paisaje habitual. Las luces amarillas que cubren el miedo, la preparación de la "joda" y la cumbia a todo volumen. "El Polako", "lo que está a full",vocifera mi compañero de ruta que me habla de Los Pibes de la Vía y la promesa que es orgullo de los adolescentes de la zona: Alto Bajo.
La joda no está lejos aunque primero, y como presumiría cualquier visitante de turno, siempre es adecuado engañar al estómago cuando lo que aparece más allá de la tapia son litros y litros de alcohol que, bien consumidos, amortiguarán la pesadumbre semanal, el clima opresivo, los desencantos del mundo.
No es una parrilla el sitio elegido, sino un bar de comida peruana. Carnes, fideos, hamburguesas, pollo, papas, todo es frito porque la tradición y el gusto así lo exigen y las comidas típicas distinguen a una comunidad en la cual conviven, pese a los odios a flor de piel, nacionalidades diversas.
Cuesta adecuarse a un entorno adverso que se cobra varias muertes por semana, soportar el televisor de fondo y los grupos tropicales, estos sí, de asumido mal gusto.
Reímos y nos vamos porque la joda espera y no es cuestión de desperdiciar minutos preciados. Caminamos sonriendo, entre autos que corren y pibes que se desperezan para encerrarse en ese goce sin retorno que les convidan los pillos, conocedores ellos de los insterticios donde crece el negocio.
La caminata, ya en silencio, nos conduce a un lugar obligado que da lugar a recuerdos dolorosos. Departamentos tomados se levantan doblando la esquina. No es eso lo que entristece, pese a que lo nuevo de los edificios contrasta con lo viejo enquistado. Es la nostalgia que recubre a quien tiene o construyó una historia: lamentar el amor que no está o un anhelo que se esfumó pronto como la balacera del 2005.

Las miradas, al menos hoy, alientan un momento adrenalínico. Y pienso que un momento de adrenalina no es otro que el de la incertidumbre, la exitación o creer, al menos, que se es feliz. Aunque sea por un puñado de minutos.
La fiesta se desarrolla frente a un estadio de fútbol. En su interior, puede advertirse las marcas del derrotero de una familia, quizás el de un barrio de la periferia. Los invitados le cambian la fachada y, como era de esperar, el alcohol circula en abundancia. Sangría, vino en caja, cajones con botellas de cerveza.
La de los recuerdos mira y ensaya unos pasos de baile, y seduce, claro que seduce, pero no escapa a la decadencia de los últimos años.
Muy cerca, la reflexión no se hace esperar porque le evidencia habla: allí hay un cuerpo deteriorado, que baila y engaña, que todavía alimenta ilusiones aunque jamás sienta lo que el observador, ya en la noche, le profesa generosamente de a ratos.
A luz del día, el recorrido espera nuevos escondites: una sopa de chairo (comida peruana), la fiesta charrúa en el que danzan chicas "caporales" y un asado que será la previa de un clásico futbolero entre los dos más grandes del país.
Corte taza, un amigo de mi compañero relojea su celular y convoca a la banda. Punteros, pibes ladrones, transas, vendedores de armas. Todos jóvenes que hoy descargan tensiones con cervezas heladas aunque la vida para ellos, se me ocurre, se exhibe plena desde la superficie. Quizás porque el "Bajo manda" y ser de ahí es todo un síntoma de pertenencia, de amor a la tierra.
Más tarde, un viaje a Brasil con la barrabrava del club de enfrente monopoliza la charla. Luego, una piedra de marihuana, más tarde una droga conocida que llaman "pepa" y que se la venden a los desprevenidos que compran a cualquier precio. Estar ahí, pienso, no fue fácil sino obra y gracia de mi compañero. El comentario, entonces, no puede ser otro que el de la complicidad o el silencio. Lo segundo vale mucho.
Difícil retorno a casa; por el sueño y la experiencia vivida. Más allá, detrás de la tapia naranja, existen historias descarnadas, tormentosas, perturbadoras, seguramente nauseabundas. Adentrarse en ese mundo no tiene nada de fascinante y decoficar los códigos y acciones es una tarea ardua para cualquier observador.
Mientras tanto, lejos de la ruina que parece recubrirlo todo, vale la pena seguir caminando. Claro que vale.


 
 

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