La señora entró confiada, poderosa de saber que hacía lo correcto. Madre de 8 hijos se aprestó sobre el cupitre para despachar todas las calamidades que pueden entrar en el espacio de una hora. La muerte, la droga, la policía, los robos a la vuelta de la esquina, su marido cartonero, el destino recortado de los pibes, el dolor del alma. Pero era un gesto honesto como para desentenderse. Su rostro tímido, quizás culpable por una dicha siempre esquiva, parecía contenerse de a ratos, haciendo equilibrio para no derrapar ante una mirada desconocida pero presente.
Habló largamente de su hijo Jonas, un pibe del barrio Illia que abandonó a ella y al mundo hace bastante rato. Contó de la base y la enésima causa judicial mientras prendía, presurosamente, otro cigarrillo. La noche había pasado como el último año en su departamento desvencijado de la calle Bonorino; en vilo, pensando lo peor, cerca de una muerte para que la que aún no está preparada como nadie está preparado para ninguna muerte, por más previsible que ésta sea, por más inevitable que se anuncie.
Luego, llegó el turno del verdadero motivo de su visita inesperada: Laura. Pelo a medio crecer, voz frágil, mirada desconcertada, tiene las marcas de origen tatuadas en cada pregunta indefensa, en cada hostilidad que reclama curarse. Ella y su andar pequeño pueden atrapar hasta la dureza más impura. Así, enamoró al Tonga, Pototo, el Rasti y una lista interminable de pibes de la zona que todavía le llevan regalos tras una jornada que, en los pasillos ahora asfaltados, se celebra cuando cae la noche.
Su papá murió cuando tenía meses y el barrio comenzaba su derrumbe. La señora todavía guarda recuerdos de cada uno de sus amores y éste, aparentemente, quizás haya sido el más fuerte aunque no precisó las causas del rápido adiós.
En esa crianza de soledades y martirios, la señora reflexionó sobre el futuro de su hija mayor. Y de repente se le iluminó otra mueca en su rostro de arrugas y calamidades: ese que sueña y lamenta, teme,olvida y cree. O quiere creer ante la mirada presente que no la esperaba esa mañana, como tampoco lo hará de aquí en más.
Es que a partir de ese momento, y sin saberlo, el hombre que escuchaba en silencio sintió un desafío golpeando la puerta. Tal vez el reto de su vida o, más importante aún, el futuro de Laura cobijado en en la mueca triste de una madre que la cobija y la quiere. Pese a los vacíos irreparables, las culpas ajenas,los afectos negados y el horizonte recortado. Solo que esta vez, delante de manos ajenas, dispuestas a obrar.
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