Tiene la estirpe de los viejos guardametas. Físicamente fornido, gorrita al viento, alma potreril, no muchos eligen la soledad del arco. Y más en un barrio donde el roce limita con la guapeza y la virilidad se vislumbra en la certeza de ser alguien, al menos una hora, cuando las luces de un estadio posible anuncian la redención de todos los pesares.
Pero hablaba de este golero y sus dotes de arquero clásico. Seguro de arriba, veloz de reflejos, cada movimiento parece desafiar los límites del frangoso rectángulo de la canchita poceada, tal vez por el aislamiento de los tres palos, o quizás, la insospechada franqueza de no someterse -sin otra alternativa- a la amarga contemplación de ver transcurrir los paraísos artificiales que condensa una hora de reloj, pero del otro lado, en la vereda de los que miran.
El rostro adolescente contrasta nítidamente con su imponente presencia. En ese andar sencillo y apenado caben más de un mundo, muchos tal vez, pero que no admite otra lectura que no sea que el futuro será ese instante y no otro: el doloroso momento de la contemplación. Un juego absolutamente suyo, el único juego que puede jugar.
También, la sonrisa involuntaria del golero es una invitación a bucear en una vida de caminos anegados, trayectos contaminados, esquinas fulminantes. Inocencias que se apagan después de una noche en el baile, cerca de las tentaciones de siempre y las mil maneras de esconderse, por un rato, en otros rincones del barrio, el terreno de los viriles y los guardianes más rudos.
El golero observa y en ese gesto traza una frontera imaginaria que seduce, casi sin querer, a los enemigos de los rudos, los visitantes de ropa extraña. Los que también miran desde la otra vereda, aún no curados de los espantos más descarnados, hechos de una amalgama protectora aunque con fecha de vencimiento.
Embarcados, también de a ratos, en la tibia esperanza de que ese mundo puede comenzar en las manos sensibles del golero fornido.
P.P.










