TRIBUS URBANAS
Ser del palo
Una seguidilla de episodios violentos protagonizados por bandas skinheads (cabezas rapadas) puso en primer plano la proliferación de agrupamientos juveniles conocidos como tribus urbanas. Corrientes dispares que levantan la violencia como método de acción, en algunos casos, y víctimas del desencanto social y la pérdida de referentes identitarios, en otros, conforman un movimiento heterogéneo e inestable forjado a través de símbolos, rituales y búsquedas de pertenencia. La dimensión política de un fenómeno juvenil que abre más interrogantes que certezas.
Martín lleva el flequillo bien corto, un pañuelito anudado al cuello y la remera del grupo rockero Los Piojos. Como cada viernes a la noche, lo esperan sus amigos y una ronda interminable de botellas de cerveza en esos verdaderos espacios de reunión que conforman hoy las esquinas de Buenos Aires. Es que promediando los noventa, la comunidad de los pibes rolinga como Martín ganaban las calles al tiempo que el gobierno de Menem mostraba su cara más descarnada y cruel a los ojos de los jóvenes porteños: ausencia de modelos políticos, imposibilidad de ascenso social, la certeza de un destino deshonroso.
Como si se tratara de una historia entrampada en la lógica de modernas identidades urbanas, por esos años, también, salió a la luz una vida tribal oculta entre grupos de adolescentes que se rotulaban como skinhead NS o nacionalsocialistas. Bandas nucleadas alrededor de los dos brazos políticos de la derecha más ultra: el PNT de Alejandro Biondini y el PNOSP (Partido Nuevo Orden Social Patriótico) liderado por Alejandro Franze, cuyo punto de reunión era el Parque Rivadavia, lugar en el que desplegaban todo su merchandasing nazi: harapos militares, botas de cuero negro y vestimenta de combate nazifascista.
Casualmente o no, este año se conoció la noticia de la tremenda golpiza a un pibe la tribu denominada rolinga, de apenas 17 años, quien recibió 13 puñaladas y perdió la visión del ojo izquierdo. Los testigos dijeron ver a un skinhead entre los agresores, aunque el dato saliente remite a la presencia cada vez más significativa de bandas juveniles que organizan su identidad en torno al grupo de pares, algunos sobre la base explícita de la violencia contra los otros. “El factor ideológico es objeto de puja entre ellos, no es una violencia porque sí, es violencia hacia lo diferente", explica un integrante de la DAIA.
“Los skinhead son una de las expresiones más claras de los fenómenos de las tribus urbanas, pero caracterizados con una tendencia a la violencia, pautas estéticas muy firmes y, en algunos casos, con una ideología hacia la extrema derecha. Aunque a priori no se puede concluir que sean agresores ni responsables de los hechos de violencia xenófoba”, señala Pablo Slonimsqui, especialista en discriminación y abogado del Centro Simon Wiesenthal.
Convertido en territorio urbano de disputa a partir de los 90, fue precisamente el Parque Rivadavia escenario de batalla entre dos tribus urbanas de signo opuesto en 1996: los skinhead, conocidos por sus cabezas rapadas, y los jóvenes anarco-punks. Como resultado de aquella pelea murió el skin Marcelo Scalera, quien periódicamente es recordado por sus compañeros en homenajes donde se gritan consignas nazis y fascistas. Lo paradójico es que muchos de quienes pertenecían a la banda de Franze en aquél momento, hoy se enrolan en las tribus libertarias y antifascistas. Es decir que engendraron una violencia idéntica pero de signo contrario.
Reglas de juego
Desde hace cinco años los cabezas rapada comenzaron a desmembrarse e incluso a expandirse hacia latitudes contrarias. Una tendencia que pareciera confirmar, a grandes rasgos, que las tribus urbanas no forman parte de un movimiento homogéneo sino que se caracterizan por ser agrupamientos dinámicos, menos estables en el marco de una sociedad no disciplinada y, por ese motivo, más proclives a los cambios. “Los jóvenes ingresan a un mundo en cambio veloz, en el que ellos son agentes de transformación. Incorporan los códigos del presente y las emociones condicionadas por rasgos de la cultura del momento en el que viven”, opina Mario Margulis, sociólogo.
Por su parte, Silvia Duschatzky, investigadora de Flacso opina que “los modos de habitar el mundo no son formas disciplinadas o transgresoras, sino que pasaron a ser el ‘estar ahí’, dispuestos a los riesgos más insólitos, inauditos e imprevisibles. Las consecuencias pueden ser múltiples: aumento del consumo, disfrutar el aquí y el ahora, vivir una intensidad vital que ya no se vive a partir de un proyecto o una idea”.
Apartados de los discursos de la escuela, el trabajo y la familia que orientaban a los jóvenes de las décadas pasadas, la identidad de los nuevos agrupamientos urbanos se construye, primordialmente, a partir de la íntima relación con el consumo en el cual conviven, y a veces no tanto, las más variadas expresiones juveniles. Rolingas, cumbieros, neohipies, alternativos, punks, rastas, darks entre otras mezclas y superposiciones. Todos acompañadas por un repertorio de prácticas cotidianas, rituales establecidos y una rigurosa estética corporal, según el grupo del que formen parte.
El caso de las tribus skins permite ilustrar nítidamente la complejidad de un fenómeno en el cual los juegos y prácticas culturales estarían dados, más por las propias reglas que crean sus actores para cada situación, que por la fidelidad hacia los mitos de origen. “Las características de las tribus ya no responden a las viejas formas de organización que estaban ligados a proyectos racionales o proyectos políticos vinculados a sociedades institucionalizadas. Esta es una sociedad en la cual los chicos están bastante desinstitucionalizados. O, si uno prefiere, institucionalizados bajo una institucionalización más liviana. Las tribus de hoy son mucho más fluyentes, antes si uno formaba parte de cierta clase de organización era muy difícil salirte de eso, ahora todo es menos rígido y más dinámico”, explica a Acción Sergio Balardini (ver recuadro).
Skins antifascistas, comunistas, apolíticos y los clásicos neonazis, forman un conjunto de tribus extrañas y contradictorias cuyo reconocimiento ante los otros se basa –fundamentalmente- por la seducción por la tecnología (tienen sus propios sitios de internet en medio de una ciudad en la que parecen perdidos), la vestimenta, determinado modelo corporal, así como frecuentar distintos lugares de exposición. De todos modos, esos elementos distintivos no son obstáculo para evitar la violencia e inventarse, llegado el caso, un peligroso enemigo común. Iván Kotelchuk de 19 años fue asesinado en junio pasado por una tribu de skins antifascista tras haber sido confundido –de acuerdo con la causa y según la vestimenta que usaba la víctima- con un integrante de las bandas neonazis. “Lo nuevo de estas bandas es que aparecen jóvenes que definen su identidad grupal como intolerancia hacia lo otro en todas sus formas”, apunta Margulis.
Refugio contra la intemperie
El fenómeno de las tribus juveniles, sin embargo, no responde únicamente a pautas sociales solo relacionadas con la violencia. Jóvenes itinerantes y en permanente búsqueda se reúnen con las reglas propias de los movimientos contraculturales, con edades que van desde la adolescencia hasta los treinta años. “Atrás quedaron las sociedades en las cuales los sujetos se adaptaban a normas prefijadas y establecidas. Las profundas incertidumbres de este tiempo generan grandes angustias cuyo efecto es que cada uno se controle a sí mismo para encontrar aquella señal que haga que uno se quede más adentro o más afuera de la historia”, explica Duschatzky.
La esquina, el grupo de pares, los bares, el barrio son espacios constructores de indentidad porque afuera, en realidad, pareciera que no hay nada. Alejados de las formas tradicionales de protagonismo juvenil -los partidos, políticos, el sindicato, el mundo del trabajo, la escuela- en los últimos años se hizo visible la necesidad de construir y defender espacios propios para vivir y convivir con los otros frente a un panorama que los encuentra inmersos en el vacío. “Los jóvenes advierten en las tribus la posibilidad de encontrar una nueva vía de expresión, un modo de alejarse de una normalidad que no los satisface y, ante todo, la ocasión de intensificar sus vivencias personales y encontrar un núcleo gratificante de afectividad. Un cobijo emotivo –reafirma- por oposición a la intemperie urbana contemporánea”, opina Slonimsqui.
El otro lado de las bandas, por lo tanto, son espacios de anclaje de tribus que delinean su identidad. Grupos que comienzan a tener sus estéticas y sus propios rituales, pero eso sí, ya no dado de una vez y para siempre. “La idea de las tribus, en realidad, es una metáfora: son afiliaciones juveniles, de encuentros de identidad, lugares de pertenencia de poco tiempo que tienen un componente afectivo”, señala Margulis. Jóvenes nómades, de identidades cambiantes que se agrupan de acuerdo a los parámetros de la sociedad en la que viven. Tal vez por eso, el año post-Cromañón propició el encuentro y los cruces violentos entre diferentes bandas de mutantes urbanos que, por la masividad de las clausuras a locales, bares y pubs tras la masacre de Once, erosionaron los espacios exclusivos.
Links hacia la identidad
Defensores de lo propio, las bandas juveniles resguardan su lugar no solamente por el territorio que los contiene sino porque allí, precisamente, lo que se juega es nada menos que la constitución de identidades. Preciera ser que las tribus callejeras no tratan de poseer o defender algo que estaría por fuera del grupo. Por el contrario, existe una ligazón muy fuerte entre el escenario y las prácticas que llevan adelante sus miembros. “Nos gusta la cumbia y la jarra loca porque nacimos acá, somos cumbieros y odiamos a los chetos”, dice Fabián de la Villa 21 de Retiro e integrante de la tribu de pibitos chorros que pueblan las esquinas de su barrio.
Se trata de grupos juveniles que definen sus rasgos de unas u otras maneras, con unas y otras estéticas y que, en algún momento, tal vez intenten generar algún lazo social para sentirse parte de algo mayor. Sin embargo, para Susana Murillo -coordinadora de uno de los equipos de investigación del CCC- “no hay que leer esta búsqueda de señales alternativas como respuestas colectivas, organizadas en clave política. Existen, sí, acciones que tienen una dimensión política contra el orden dominante pero nunca pensadas como estrategias de cambio”.
Llama la atención, de todos modos, por qué ciertas defensas terminan por ser tan agresivas como es el caso de los skinhead –en cualquiera de sus variantes tribales- u otros agrupamientos urbanos. Quizás haya que rastrear una respuesta posible en la carencia de recursos y la necesidad juvenil de construir algo propio. Más aún: frente a una sociedad que legitima la violencia como modo de expresión y estigmatiza a los otros jóvenes como amenazantes, no casualmente reaparece con mayor nitidez el intento de volver a situar el espacio local, la pequeña banda, ante un exterior peligroso, desconocido e inasible que –por otra parte, tampoco ofrece garantías. Porque más allá de la fronteras que tallan con sus propias reglas, en el fondo, intuyen que afuera solo quedan bienes escasos y un mundo sin sentido.
PABLO PROVITILO
EL FENÓMENO DE LOS SKINHEAD
Historia y actualidad de los “cabeza rapada”
Nacidos en los barrios obreros de Inglaterra de fines de los 60, el movimiento skin no es nuevo en Argentina. En el 2000 eran 200 los cabezas rapadas que circulaban por la ciudad de Buenos Aires, cifra que se ha duplicado con el paso de los años. El grupo que en su momento tuvo mayor organización fue el autodeterminado Partido Nuevo Orden Social Patriótico (Pnosp) comandado por el retirado Alejandro Franze, hoy abocado a un enigmático proyecto editorial. Siempre se los relaciono con el nazismo y su odio a los judíos, entre otras manifestaciones de violencia xenófoba.
Sin embargo, militantes skinheads aseguran que fueron los nazis quienes usurparon la cultura skin. “El mayor mito es que los skin son nazis y el último que son violentos. Fueron los nazis quienes utilizaron la estética skinhead para captar a la juventud con ideas fascistas. Los skinheads auténticos nacieron de la mezcla racial y cultural entre jóvenes ingleses pertenecientes a un movimiento llamado mods y negros jamaiquinos. Jamás puede ser discriminatorio”, señala Yiya, una ex skin de 21 años.
En sus comienzos, se vestían con camperas de tela de avión negra y verde olvia, pantalones negros y borceguíes, generalmente con punta de acero. Ahora la indumentaria es muy variada: pueden vestir traje y zapatos, jeans con botamanga, borceguíes, camisa o remera, camperas aviadoras y tiradores. Las chicas se visten igual, aunque también usan polleras de jeans o escocesas, y el tradicional rapado. Los ritmos musicales son el ska y el oi! y su fuente mística son los celtas y vikingos.
Actualmente las calles porteñas se disputan entre agrupaciones nazis y antifascistas. Una población difusa compuesta por medio millar de jóvenes que se han fraccionado en diferentes tribus. Si bien hasta ahora se los suponía neonazis, entre cuatroscientos y quinientos jóvenes se presentan en el 2005 como skinheads antifacistas, ecologistas, anarquistas, comunistas, además de los clásicos antisemitas. La clasificación que detallan –según sus criterios- es la siguiente:
-Skinhead NS (filiación neonazi)
-Skinhead antifascistas (también conocidos como sharp. Acusados de pacifistas por los skinhead NS, reinvindican a la violencia como forma de expresión y están ligados a las tribus punks, góticas y darks)
-Rash (punks, libertarios)
-Redsking (comunistas)
-Straight Edge (vegetarianos)
P.P.
SERGIO BALARDINI *
El tiempo es veloz
El fenómeno tribu es un nombre antiguo que empieza a utilizarse desde mediados de los años 80 para explicar los nuevos tiempos sociales. Las formas de agruparse pasaron a tener características diferentes a las del tiempo anterior. Y esto se vincula a los cambios en los modos de relacionarse en comparación a los jóvenes de los años 60 y 70. En esas décadas, la relación juvenil estaba muy relacionada a proyectos políticos, ideologías, utopías sociales. Lo que aparece en la actualidad —producto de las derrotas políticas sufridas en los años 70- son novedosas formas de agregarse: jóvenes que cambian y mutan permanentemente. En buena medida porque los elementos que disponen para agruparse pasan a ser otros. Básicamente, elementos esteticistas y elementos vinculados a los consumos culturales: ya nada queda de los proyectos políticos que guíaban el horizonte transformador de la generación anterior.
Esto es una cuestión clave: la construcción de identidad se construye hoy a través del consumo. Atrás quedaron los modelos de identificación vinculados al mundo del trabajo y la escuela. Las pantallas, las imágenes y las nuevas tecnologías aportan como nunca a la construcción de identidades y mixturan variados elementos: algunos más próximos y otros que se ven como distantes o muy distintos. Aparecen sensibilidades como la fuerte presencia del cuerpo, cierta religiosidad, la defensa del territorio. Son cuestiones de notable impacto que no estaban en las décadas pasadas.
Por otro lado, no es ocioso recordar que los adultos de antes tenían pautas de conducta muy rígidas. Todo lo que uno hacía era para toda la vida; blanco o negro. Esto ha cambiado fruto de que los jóvenes ya no viven en espacios reglados. La circulación y la fluidez son características de las nuevas tribus urbanas que hacen de sus prácticas una marca identitaria. Es común obervar a chicos que hoy están aquí y mañana en otro grupo de pares porque la característica de la época es la inestabilidad y el tiempo veloz. La diferencia fundamental con la época anterior es que aquella era una sociedad con un estado fuerte, familias sólidamente estructuradas lo cual permitían construir algo distinto. Aunque, también, los cambios se pensaban desde una ideología racional y muy iluminista.
La otra cuestión importante de las tribus se vinculan con la violencia. No es que ahora que ahora los chicos mutaron en godzillas . Esto siempre ha sucedido, desde la Liga Patriótica de 1919 hasta la actualidad. El fenómeno de esta época, en cambio, hay que situarlo en aquellos jóvenes que tienen muy restringidas sus posibilidades de construir proyectos y de pensarse en una biografía con posibilidades de desarrollo. Por eso un primer tema a revisar es el tema de la inclusión o de la exclusión. Cómo se posicionan estos chicos cuándo no disponen de los recursos para sentirse en condiciones de desarrollar proyectos y salir adelante.
El otro factor que remite no solo a la desilusión material, tiene que ver con una sociedad que ha naturalizado la violencia. De alguna manera, la violencia pasó a ser un insumo más: uno puede tomarlo o dejarlo, pero es un insumo disponible. En definitiva, es la propia sociedad la que designa a la violencia como forma de expresión, no como una práctica límite, sino como un modo de expresión más. La pregunta surge sola en torno a la reflexión juvenil: cómo no usar algo que está legitimado.
*Proyecto del Aréa-Juventud Flacso. Miembro de la mesa de concertación juvenil de la CABA










